En la
reunión siguiente, G. comentó estas palabras: "Conócete a ti mismo".
—Esta fórmula, generalmente atribuida a Sócrates, en realidad se
encuentra en la base de muchas doctrinas y escuelas mucho más antiguas que la
escuela socrática. Pero aunque el
pensamiento moderno no desconoce la
existencia de este principio, no tiene sino una idea
muy vaga de su
significado y de su alcance. El hombre ordinario de nuestra época, aun si se
interesa en la filosofía o en las ciencias, no comprende que el principio
«Conócete a ti
mismo» se refiere a la necesidad de conocer su propia
máquina, la «máquina humana».
La estructura de la máquina es más o menos la
misma en todos los hombres; por lo tanto es esta
estructura la que el hombre
debe estudiar primeramente, es decir las funciones y las leyes de
su
organismo. En la máquina humana todo está ligado, una cosa depende de otra hasta
tal
punto que es completamente imposible estudiar cualquier función sin
estudiar todas las otras.
El conocimiento de una parte requiere el
conocimiento del todo. Es posible conocer el todo del hombre, pero esto exige
mucho tiempo y mucho trabajo, exige sobre todo la aplicación del método
correcto, e igualmente la dirección justa de un maestro.
"El principio
«Conócete a ti mismo» tiene un contenido muy rico." En primer lugar exige, del
hombre que quiere conocerse, que comprenda lo que esto quiere decir, en qué
conjunto de
relaciones se inscribe este conocimiento, y de qué depende
necesariamente.
"El conocimiento de sí es una meta muy alta, pero muy
vaga y muy lejana. El hombre en su estado actual está muy lejos del conocimiento
de sí. Por eso, estrictamente hablando, la meta
del hombre no puede ser el
conocimiento de sí. Su gran meta debe ser el estudio de sí. Para él será más que
suficiente el comprender que tiene que estudiarse a sí mismo. La meta del hombre
debe ser el comenzar a estudiarse a sí mismo, a conocerse a si mismo, de una
manera
conveniente.
"El estudio de sí es el trabajo o la vía que
conduce al conocimiento de sí.
"Pero para estudiarse a sí mismo es necesario
ante todo aprender cómo estudiar, por dónde
comenzar, qué medios emplear. Un
hombre tiene que aprender cómo estudiarse a sí mismo y
tiene que estudiar
los métodos del estudio de si.
"El método fundamental para el estudio de
sí es la observación de sí. Sin una observación de
sí correctamente
conducida, un hombre no comprenderá jamás las conexiones y las correspondencias
de las diversas funciones de su máquina, no comprenderá jamás cómo ni por qué en
él «todo sucede».
"Pero el aprendizaje de los métodos correctos de
observación de sí y de estudio de si, requiere
una comprensión precisa de
las funciones y de las características de la máquina humana. De
este modo,
para observar las funciones de la máquina humana es necesario comprender las en
sus divisiones correctas y poder definir las exactamente y de inmediato; además,
la definición
no debe ser verbal, sino interior: por el sabor, por la
sensación, de la misma manera en que
nos definimos a nosotros mismos todo lo
que experimentamos interiormente.
"Hay dos métodos de observación de sí: el
primero es el análisis, o las tentativas de análisis,
es decir las
tentativas de encontrar una respuesta a estas preguntas: ¿de qué depende tal
cosa,
y por qué sucede? — y el segundo es el método de las constataciones,
que consiste solamente en registrar, en grabar en la mente, en el momento mismo,
todo lo que uno observa.
"Sobre todo al comienzo, la observación de sí no
debe llegar a ser análisis, o tentativa de
análisis, bajo ningún pretexto.
El análisis no es posible sino mucho más tarde, cuando ya se
conocen todas
las funciones de la propia máquina y todas las leyes que la gobiernan.
"Al
tratar de analizar tal o cual fenómeno que lo ha impresionado fuertemente, un
hombre
generalmente se pregunta:
«¿Qué es esto? ¿Por qué sucede esto así
y no de otra manera?» Y comienza a buscar una respuesta a estas preguntas,
olvidándose de todo lo que las observaciones ulteriores podrían aportarle.
Más y más absorbido por las preguntas, pierde totalmente el hilo de la
observación de sí, y
hasta llega a olvidar la idea misma. La observación se
detiene. De este hecho resulta claro que
tan sólo una cosa puede progresar:
o la observación, o bien las tentativas de análisis.
"Pero aún fuera de
esto, toda tentativa de análisis de fenómenos aislados, sin el conocimiento
de las leyes generales, es una pérdida total de tiempo. Antes de poder
analizar los fenómenos,
aun los más elementales, un hombre debe acumular
suficiente material bajo la forma de «constataciones», es decir como resultado
de una observación directa e inmediata de lo que
pasa en él. Este es el
elemento más importante en el trabajo del estudio de sí. Cuando se ha acumulado
un número suficiente de «constataciones» y cuando al mismo tiempo se ha
estudiado y comprendido hasta un cierto punto las leyes, sólo entonces se hace
posible el análisis.
"Desde el comienzo mismo, la observación y la
constatación se deben basar sobre el
conocimiento de los principios
fundamentales de la actividad de la máquina humana.
La observación de sí
no se puede conducir correctamente si no se comprenden estos principios, y si no
se les tiene siempre en cuenta en la mente. Es por esta razón que la observación
de sí ordinaria, tal como la practica la gente toda su vida, es totalmente
inútil y no puede llegar a
nada.
"La observación debe comenzar con la
división de las funciones. Toda la actividad de la
máquina humana está
dividida en cuatro grupos de funciones netamente definidas. Cada uno
está
gobernado por su propio «cerebro» o «centro». Un hombre debe diferenciar, al
observarse a sí mismo, las cuatro funciones fundamentales de su máquina: las
funciones
intelectual, emocional, motriz e instintiva. Cada fenómeno que un
hombre observan en sí
mismo se relaciona con una u otra de estas funciones.
Por eso, antes de comenzar a observar,
un hombre debe comprender en qué
difieren las funciones, qué significa la actividad
intelectual, qué
significa la actividad emocional, la actividad motriz y la actividad instintiva.
"La observación debe comenzar por el principio. Todas las experiencias
anteriores, todos los resultados anteriores de toda observación de sí, deben ser
dejados de lado. Allí puede haber elementos de gran valor. Pero todo este
material está basado en las divisiones erróneas de las funciones observadas, y
éste mismo está dividido de manera incorrecta. Por esta razón no se lo puede
utilizar; en todo caso, no se lo puede utilizar al comienzo del estudio de si.
En el momento oportuno, lo que hay de valor será tomado y utilizado. Pero es
necesario comenzar por el principio, es decir, observarse a sí mismo como si no
se conociese en lo más mínimo,
como si aún nunca se hubiera observado.
"Cuando uno comienza a observarse, debe tratar de determinar al instante
a qué grupo, a qué
centro, pertenecen los fenómenos que se están observando
en el momento.
"Algunos encuentran difícil comprender la diferencia entre
pensamiento y sentimiento, otros tienen dificultad en comprender la diferencia
entre sentimiento y sensación, entre un pensamiento y un impulso motor.
"Hablando en términos muy amplios se puede decir que la función del
pensamiento siempre trabaja por medio de la comparación. Las conclusiones
intelectuales son siempre el resultado
de la comparación de dos o más
impresiones.
"La sensación y la emoción no razonan, no comparan,
simplemente definen una impresión
dada por su aspecto, por su carácter
agradable o desagradable en uno u otro sentido, por su color, sabor u olor. Lo
que es más, las sensaciones pueden ser indiferentes — ni calientes ni frías, ni
agradables ni desagradables: «papel blanco», «lápiz rojo». En la sensación de lo
blanco y de lo rojo no hay nada agradable o desagradable. En todo caso, no es
necesario que haya nada agradable o desagradable ligado a la sensación de uno u
otro de estos dos colores.
Estas sensaciones, que proceden de los así
llamados «cinco sentidos», y las demás,como la
sensación de calor, la del
frío, etc., son instintivas. Las funciones del sentimiento, o
emociones,
siempre son agradables o desagradables; no hay emociones indiferentes.
"La
dificultad para distinguir entre las funciones se acrecienta por el hecho de que
la gente las siente de manera muy diferente. Es esto lo que generalmente no
comprendemos. Creemos que las personas son mucho más parecidas entre si de lo
que son en realidad. Sin embargo, de hecho hay grandes diferencias entre uno y
otro en lo que concierne a las formas o a las modalidades de sus percepciones.
Algunas personas perciben principalmente a través de su
pensar, otras a
través de sus emociones, y otras a través de sus sensaciones. La comprensión
mutua es muy difícil, si no imposible, para hombres de diversas categorías y de
diversos
modo., de percepción, porque todos dan nombres diferentes a una
sola y misma cosa, y el mismo nombre a las cosas más diferentes. Además, son
posibles toda clase de combinaciones.
Un hombre percibe a través de sus pensamientos y de sus sensaciones, otro a
través de sus pensamientos y de sus sentimientos, y así sucesivamente.
Cualquiera que sea, cada modo de percepción se pone inmediatamente en relación
con una especie particular de reacción a los acontecimientos exteriores. Estas
diferencias en la percepción y la reacción a los acontecimientos exteriores
producen dos resultados: las personas no se comprenden entre sí y no se
comprenden ellas mismas. Muy a menudo un hombre llama sentimientos a sus
pensamientos o a sus percepciones intelectuales, y llama pensamientos a sus
sentimientos, y
a sus sensaciones. Este último caso es el más frecuente. Por
ejemplo, dos
personas perciben la misma cosa diferentemente, digamos que una
la percibe a través de sus
sentimientos y la otra a través de sus
sensaciones: podrán discutir toda su vida sin comprender
jamás en qué
consiste la diferencia entre sus actitudes en presencia de un objeto dado. En
efecto, la primera lo ve bajo uno de sus aspectos y la segunda bajo otro.
"Para encontrar el método que discrimina, debemos comprender que cada función
psíquica
normal es un medio o un instrumento de conocimiento. Con la ayuda
del pensar vemos un
aspecto de las cosas y de los sucesos, con la ayuda de
las emociones vemos otro aspecto y con
la ayuda de las sensaciones un tercer
aspecto. El conocimiento más completo que podríamos
alcanzar de un tema dado
sólo se puede obtener si lo examinamos simultáneamente a través
de nuestros
pensamientos, sentimientos y sensaciones. Todo hombre que se esfuerza por
alcanzar un conocimiento verdadero debe dirigirse hacia la posibilidad de
tal percepción. En
condiciones ordinarias el hombre ve el mundo a través de
un cristal deformado, desigual. Y
aun si se da cuenta, no puede cambiar
nada. Su forma de percepción, sea cual fuere, depende
del trabajo de su
organismo entero. Todas las funciones son interdependientes y se equilibran
entre sí, todas las funciones tienden a mantenerse entre sí en el estado en que
están. Por eso,
un hombre que comienza a estudiarse a si mismo, al descubrir
en sí algo que no le gusta, debe
comprender que no será capaz de cambiarlo.
Estudiar es una cosa, cambiar es otra. Sin
embargo, el estudio es el primer
paso hacia la posibilidad de cambiar en el futuro. Y desde el
comienzo del
estudio de sí, uno debe llegar a convencerse bien de que durante mucho tiempo
todo el trabajo consistirá solamente en estudiarse.
"Ningún cambio es posible en las condiciones ordinarias porque cada vez que
un hombre
quiere cambiar una cosa no quiere cambiar sino esta cosa. Pero
todo en la máquina está ligado
y cada función está inevitablemente
compensada por otra o por toda una serie de otras
funciones, aunque no nos
demos cuenta de esta interdependencia entre las diversas funciones
en
nosotros mismos. La máquina está equilibrada en todos sus detalles en cada
momento de
su actividad. Si un hombre constata en sí mismo algo que le
disgusta, y empieza a hacer
esfuerzos para cambiarlo, puede llegar a cierto
resultado. Pero al mismo tiempo, con este
resultado obtendrá inevitablemente
otro resultado, que no podía haber sospechado. Al
esforzarse para destruir y
aniquilar todo lo que le desagrada en él, al hacer esfuerzos hacia
este fin,
compromete el equilibrio de su máquina. La máquina se esfuerza por restablecer
el
equilibrio y lo restablece creando una nueva función que el hombre no
podía haber previsto.
Por ejemplo, un hombre puede observar que es muy distraído, que se olvida de
todo, pierde
todo, etc. Comienza a luchar contra este hábito, y si es
suficientemente metódico y resuelto,
logra, después de cierto tiempo,
obtener el resultado deseado: deja de olvidar o de perder
cosas. Esto lo
advierte; pero hay otra cosa que no advierte, y que los demás sí advierten, o
sea,
que se ha vuelto irritable, pedante, criticón, desagradable. Ha vencido
su distracción, pero en
su lugar ha aparecido la irritabilidad. ¿Por qué? Es
imposible decirlo. Sólo el análisis
detallado de las cualidades particulares
de los centros de un hombre pueden mostrar por qué la
pérdida de una
cualidad ha ocasionado la aparición de otra. Esto no quiere decir que la
pérdida de la distracción deba causar necesariamente la irritabilidad.
Cualquier otra
característica que no tenga relación alguna con la
distracción podría aparecer igualmente, por
ejemplo, mezquindad, o envidia,
u otra cosa.
"De modo que cuando un hombre trabaja en forma conveniente
sobre sí mismo, debe tomar
en cuenta los posibles cambios compensatorios que
pueden ocurrir y tenerlos en cuenta de antemano. Sólo en esta forma podrá evitar
cambios indeseables, o la aparición de cualidades
enteramente opuestas a la
meta y a la dirección de su trabajo.
"Pero en el sistema general de la
actividad, y de las funciones de la máquina humana, hay
ciertos puntos en
los cuales puede tener lugar un cambio sin ocasionar ningún resultado
parasitario.
"Es necesario saber cuáles son estos puntos, y cómo acercarse a ellos, porque
si uno no
comienza con ellos no obtendrá ningún resultado u obtendrá
resultados equivocados e
indeseables.
"Un hombre, cuando ha fijado en su
pensamiento la diferencia entre las funciones
intelectuales, emocionales y
motrices, debe, conforme se observa a sí mismo, referir
inmediatamente sus
impresiones a la categoría correspondiente. Primero debe tomar nota
mental
tan sólo de aquellas observaciones con respecto a las cuales no le cabe la menor
duda,
es decir en las que reconoce de inmediato la categoría. Debe rechazar
todos los casos vagos o
dudosos, y recordar únicamente aquellos que son
indiscutibles. Si este trabajo se efectúa
correctamente, el número de
constataciones indudables aumentara rápidamente. Y aquello que
al principio
le parecía dudoso muy pronto se verá con claridad como perteneciente al primero,
al segundo, o al tercer centro. Cada centro tiene su propia memoria, sus
propias asociaciones,
y su propio pensar. De hecho cada centro consiste de
tres partes: la intelectual, la emocional y
la motriz. Pero no sabemos casi
nada acerca de este lado de nuestra naturaleza. En cada centro
sólo
conocemos una parte. Sin embargo, la observación de sí mismo nos demostrará muy
pronto que la vida de nuestros centros es mucho más rica, o en todo caso,
que contiene
muchas más posibilidades de las que pensamos.
"A la vez, al
observar los centros, podremos constatar, al lado de su trabajo correcto, su
trabajo incorrecto, es decir, el trabajo de un centro en lugar de otro: las
tentativas de sentir del
centro intelectual, o sus pretensiones al
sentimiento, las tentativas del centro emocional para
pensar, las tentativas
del centro motor para pensar y sentir. Como ya se ha dicho, el trabajo de
un
centro por otro es útil en ciertos casos, para salvaguardar la continuidad de la
vida. Pero al
hacerse habitual este tipo de relevo llega a ser al mismo
tiempo dañino, porque comienza a
interferir con el trabajo correcto,
permitiendo poco a poco a cada centro descuidar sus propios
deberes
inmediatos y hacer, no lo que debería estar haciendo, sino lo que le gusta más
en el
momento.
En un hombre sano y normal, cada centro ejecuta su propio trabajo, es decir,
el
trabajo para el cual fue especialmente destinado y que está mejor
calificado para cumplir. Hay
situaciones en la vida de las cuales no podemos
hacernos cargo sino sólo con la ayuda del
pensamiento. Si en tal momento el
centro emocional comienza a funcionar en lugar del centro
intelectual.
enredará todo, y las consecuencias de esta intervención serán por demás
desagradables. En un hombre desequilibrado, la continua substitución de un
centro por otro es
precisamente lo que se llama «desequilibrio» o
«neurosis». Cada centro procura de alguna
manera endosarle su trabajo a
otro, y al mismo tiempo trata de hacer el trabajo de otro centro
para el
cual no está capacitado. Cuando el centro emocional trabaja en lugar del centro
intelectual, introduce nerviosidad, febrilidad y precipitación innecesarias
en situaciones en las
que, por el contrario, son esenciales un juicio calmo
y una deliberación tranquila. Por su lado,
cuando el centro intelectual
trabaja en lugar del centro emocional, se pone a deliberar en
situaciones
que requieren decisiones rápidas y hace imposible el discernir las
particularidades
y los matices tinos de la situación.
El pensamiento es demasiado lento. Elabora cierto plan de acción y continúa
siguiéndolo aun cuando las circunstancias hayan cambiado y se haya hecho
necesario otro tipo de acción. Además, en algunos casos la intervención del
centro intelectual hace surgir reacciones enteramente equivocadas, porque el
centro intelectual es simplemente incapaz de comprender los matices y sutilezas
de muchos acontecimientos. Al centro del pensamiento le parecen iguales
acontecimientos que son totalmente diferentes para el centro
motor y para el
centro emocional. Sus decisiones son demasiado generales y no corresponden
a
las que habría tomado el centro emocional. Esto resulta perfectamente claro si
nos
representamos la intervención del pensamiento, esto es, de la mente
teórica, en el dominio del
sentimiento, o de la sensación, o del movimiento.
En cada uno de estos tres casos la
intervención del pensamiento conduce a
resultados totalmente indeseables.
El pensamiento no puede comprender los matices del sentimiento. Veremos esto
claramente si imaginamos a un hombre razonando sobre las emociones de otro. Como
él mismo no experimenta nada, lo que
experimenta el otro no existe para él.
Un hombre saciado no comprende a un hambriento.
Pero para éste, su hambre es
muy real; y las decisiones del primero, o sea del pensamiento, no
pueden en
ningún caso satisfacerlo. "En la misma forma, el pensamiento no puede apreciar
las sensaciones. Para él son cosas muertas. Tampoco es capaz de controlar el
movimiento. Es de lo más fácil encontrar ejemplos de esta clase. Cualquiera que
sea el trabajo que un hombre está haciendo, bastará que trate de
hacer
deliberadamente cada uno de sus gestos con su mente, siguiendo cada movimiento,
y
verá que cambiará inmediatamente la calidad de su trabajo. Si está
escribiendo a máquina, sus
dedos gobernados por su centro motor encuentran
por sí mismos las letras necesarias; pero si
antes de cada letra trata de
preguntarse a sí mismo: «¿Dónde está la C?» «¿Dónde está la
coma?» «¿Cómo se
deletrea esta palabra?» — en seguida comienza a cometer errores o a
escribir
muy despacio. Si un hombre conduce un automóvil con su centro intelectual, por
cierto no tendrá interés en pasar de la primera velocidad. El pensamiento no
puede seguir el
ritmo de todos los movimientos necesarios a una marcha
rápida. Es absolutamente imposible para un hombre ordinario conducir rápido con
su centro intelectual especialmente en las calles
de una gran ciudad.
"Cuando el centro motor hace el trabajo del centro intelectual, da como
resultado la lectura
mecánica o la audición mecánica, aquella de un lector o
de un oyente que no percibe sino
palabras y se queda totalmente inconsciente
de lo que lee o escucha. Esto sucede
generalmente cuando la atención, es
decir la dirección de la actividad del centro intelectual,
está ocupada en
alguna otra cosa, y cuando el centro motor trata de suplantar al ausente centro
intelectual. Esto se convierte muy fácilmente en un hábito porque
generalmente el centro
intelectual está distraído, no por un trabajo útil,
pensamiento o meditación, sino simplemente
por el ensueño o la imaginación.
"La imaginación es una de las principales causas del trabajo equivocado de
los centros. Cada
centro tiene su propia forma de imaginación y de ensueño,
pero por lo general el centro motor
y el centro emocional se sirven ambos
del centro intelectual, siempre listo éste a cederles su
lugar y a ponerse a
su disposición para este fin, porque el ensueño corresponde a sus propias
inclinaciones.
"El ensueño es absolutamente lo contrario de una
actividad «útil». «Útil» en este caso
significa: dirigida hacia una meta
definida y emprendida para un resultado definido. El
ensueño no tiende a
ningún fin, no se esfuerza hacia ninguna meta. La motivación del ensueño
se
encuentra siempre en el centro emocional o en el centro motor. En cuanto al
proceso
efectivo, éste es tomado a su cargo por el centro intelectual. La
tendencia a soñar se debe en
parte a la pereza del centro intelectual, es
decir a sus tentativas por evitarse todo esfuerzo
ligado a un trabajo
orientado hacia una meta definida y que tenga una dirección definida, y
por
otra parte a la tendencia de los centros emocional y motor a repetirse, a
guardar vivas o a
reproducir experiencias agradables o desagradables, ya
vividas o imaginadas. Los ensueños
penosos, mórbidos, son característicos de
un desequilibrio de la máquina humana. Después de
todo, se puede comprender
el ensueño cuando presenta un carácter agradable, y se le puede
encontrar
una justificación lógica. Pero el ensueño de carácter penoso es un completo
absurdo. Sin embargo, muchas personas pasan nueve décimos de su existencia
imaginando
toda clase de acontecimientos desagradables, todas las desgracias
que pueden recaer sobre
ellos y sobre su familia, todas las enfermedades que
pueden contraer, y todos los sufrimientos
que tal vez tendrán que soportar.
"La «imaginación» y el «ensueño» son ejemplos del funcionamiento equivocado
del centro
intelectual.
"La observación de la actividad de la
imaginación y del ensueño, constituye una parte muy
importante del estudio
de sí.
"Después la observación tendrá que enfocarse sobre los hábitos en general.
Todo hombre
adulto es un tejido de hábitos, si bien, en la mayoría de los
casos, no se da la menor cuenta de
ello y pudiera aun afirmar que no tiene
hábito alguno. Esto nunca puede ser así. Los tres
centros están repletos de
hábitos y un hombre jamás puede conocerse hasta haber estudiado
todos sus
hábitos. La observación y estudio de éstos es particularmente difícil porque
para
verlos y «constatarlos», es necesario escapar de ellos, liberarse de
ellos aunque sea tan sólo
por un momento. Mientras un hombre está gobernado
por un hábito determinado, no puede
observarlo; pero desde su primer intento
de combatirlo, por débil que éste sea, lo siente y
repara en él. Por eso,
para observar y estudiar los hábitos es necesario tratar de luchar contra
ellos. Esto nos abre una vía práctica para la observación de sí. He dicho
anteriormente que un
hombre no puede cambiar nada en sí mismo, que sólo
puede observar y «constatar». Es
verdad. Pero es igualmente cierto que un
hombre no puede observar ni «constatar» nada si no
trata de luchar consigo
mismo, es decir, contra sus hábitos. Esta lucha no puede dar resultados
inmediatos; no puede conducir a ningún cambio permanente o duradero. Pero
permite saber a
qué atenerse. Sin lucha un hombre no puede ver de qué está
hecho. La lucha contra los pequeños hábitos es muy difícil y fastidiosa, pero
sin ella es imposible la observación de sí.